Posteado por: Administrador | 24 septiembre 2013

Genaro Arias Herrero

 

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José Luis Alonso Marchante – 16/12/06

 

Genaro Arias Herrero había nacido el 19 de septiembre de 1902 en Santa Olaja de la Varga, un pequeño pueblo perteneciente al ayuntamiento de Cistierna en León.  Empleado como minero en las explotaciones de Laciana, fijará su residencia en Villaseca.  Debido a un accidente perderá parte del pie derecho, razón por la cuál se le conocerá con el apodo de “El Pata.
Participa activamente en las protestas mineras durante el período republicano, que buscan dignificar la vida de los obreros frente a décadas de injusticia y caciquismo patronal.  Se convierte en uno de los principales organizadores del Sindicato Minero de Laciana, perteneciente a la U.G.T., siendo el representante del mismo por su pueblo, Villaseca.
Durante los meses previos a la sublevación militar, Genaro Arias Herrero era el presidente de la Casa del Pueblo de Villaseca y uno de los principales líderes obreros debido a su cargo en el Sindicato Minero.  En el transcurso de la revuelta minera de octubre de 1934, Genaro participó en el asalto de la mina “Teófilo” junto a unos mil doscientos mineros.
Una vez comenzada la guerra civil, se opuso al avance de las columnas de militares sublevados, guiando una partida de trescientos mineros hasta La Magdalena de donde tuvieron que retirarse ante la impresionante maquinaria militar franquista.  Organizó, junto con otros socialistas como Alfredo Nistal Martínez, Manuel Riesco de Lama y Antonio Rodríguez Calleja, el Comité de Guerra de Villablino. Tras la ocupación en agosto de 1936 de la comarca de Laciana por parte de los militares pasó a Asturias por el concejo de Somiedo, donde creó en compañía de Moisés Álvarez Nieto el Comité de Guerra de Somiedo.  Junto a ellos pasaron a Asturias familias enteras de los pueblos leoneses de las comarcas de El Bierzo, Babia y Laciana, que huían de la salvaje represión desatada por militares y falangistas.
En octubre de 1936, Genaro se incorporó como oficial ayudante del comandante José García González al Batallón n.º 242 “Guerra Pardo”, combatiendo en Asturias y Euskadi.  Herido en el frente, pasó varios meses hospitalizado, ingresando tras su recuperación en el Batallón n.º 250 como teniente de enlace.
El 2 de octubre de 1937 en el transcurso de un ataque franquista en el frente de Lillo (León) fue hecho prisionero, siendo trasladado a la prisión de San Marcos de la capital leonesa donde, inmediatamente, se le formó consejo de guerra sumarísimo.

UN JUICIO SIN GARANTÍAS
La voluminosa causa contra Genero Arias se compone de una treintena de declaraciones, procedentes mayoritariamente de somedanos evadidos a la zona sublevada, vecinos del pueblo de Valle del Lago.  La mayor parte de las declaraciones se limitan a reconocer a Genaro Arias Herrero como presidente del Comité de Guerra de Somiedo.  Así, Francisco Lana Álvarez (41 años, Valle del Lago) dice que “se organizaron comités integrados en su mayor parte por evadidos de la zona minera de Villablino y de estos recuerda a un tal Pata Seca, Sánchez y otros”.  Constantina Álvarez Álvarez (21 años, Valle del Lago) declara “que sabe que se constituyó un Comité de Guerra en Pola y que lo integraban dos individuos de Villaseca uno llamado Moisés y otro El Patas.  El falangista Servando Díaz Tablón (26 años Valle del Lago) va más lejos y asegura que Genaro “es el responsable de todos los asesinatos, robos y detenciones que se hicieron en todo el concejo”, mientras que su hermano, también falangista, Nicanor Díaz Tablón (31 años, Valle del Lago), repite la misma acusación afirmando que “de todos los crímenes y atropellos que hubo en Somiedo es el inculpado el responsable y lo tienen por un elemento muy peligroso y de ideas avanzadas”.
Las declaraciones de los vecinos de los pueblos de Laciana incluidas en el sumario hablan de saqueos y requisas.  No hay acusaciones de asesinato puesto que los republicanos no provocaron ninguna víctima mortal en la comarca.  Las diez personas que aparecen en la Causa General de la Dominación Roja como asesinadas por los republicanos fueron, en realidad, detenidos primeramente en la cárcel de Corias, de Cangas del Narcea, y posteriormente trasladados a la prisión de Sama de Langreo donde, el 19 de septiembre de 1936, una bomba lanzada por la aviación franquista los mató en sus celdas. Entre los nombres de milicianos que aparecen vinculados a estas detenciones ni una sola vez aparece el de Genaro Arias, lo que no impidió que, por ejemplo,  Manuel García González (79 años, Vega de Viejos) manifestara “que era una de las personas peores que han pasado por estas zonas”.
Varios testimonios, llenos de contradicciones, señalan la presencia de Genaro Arias en el lugar de ejecución de los prisioneros del “copo” del Puerto de Somiedo.  El que más tarde sería jefe de la Falange de Somiedo, Elías Sierra Álvarez (31 años, Urria), afirmó en su declaración que “fusilaron a las enfermeras (…) y dicho inculpado presenció tales ejecuciones desde la carretera” concluyendo que es “un individuo muy peligroso para la Causa Nacional”.  Por su parte, José Antonio Díaz Álvarez (43 años, Valle del Lago) declaró que “oyó decir a los milicianos que El Pata en unión de los del comité presenciaron, desde la carretera, el asesinato de las enfermeras y de otros dos” para terminar lapidariamente asegurando “que ha cometido infinidad de atropellos que es imposible recordar”.  Eloy Álvarez Álvarez (43 años, Valle del Lago) manifiesta que “cuando sacaban a los prisioneros para fusilarlos, vio al inculpado que iba acompañándolos montado a caballo en unión de un tal Sánchez”.
Sin embargo, mientras estos testigos afirman que Genaro Arias estaba presente en Pola de Somiedo el día de los asesinatos, otra declaración incluida en el mismo sumario lo desmiente.  Se trata de Isidoro Colado Merino (23 años, León), uno de los soldados del Regimiento de Infantería Burgos n. 31 detenidos en el “copo” del Puerto, quien declara que Genaro “fue uno de los jefes que llevó a todos los soldados detenidos a Gijón y que fue el que los presentó en la Comandancia Militar”.  El traslado de los prisioneros se llevó a cabo antes del fusilamiento de las tres astorganas por lo que si Genaro estaba en Gijón no podía estar al mismo tiempo en Pola de Somiedo.
Un ejemplo de la inconsistencia del proceso judicial y de la falta de garantías para el acusado lo constituye la declaración de Antonio Marrón Ordás (33 años, El Coto) quién tras manifestar que “ignora si estaba presente el inculpado cuando el asesinato de las enfermeras y prisioneros cogidos en el puerto de Somiedo y no sabe si pudo dar la orden para estos asesinatos” concluye afirmando que “no le extrañaría pues era uno de los peores de todo el Comité (…) teniéndolo por un individuo muy peligroso”.  El que así habla se hizo falangista tras evadirse a León en abril de 1937 y, al concluir la guerra en Asturias, regresó a Somiedo participando activamente en la represión de sus vecinos.  Diversos testimonios señalan a Antonio Marrón como uno de los principales represores en el concejo de Somiedo y en multitud de consejos de guerra su declaración fue determinante para fusilar al detenido.  Años después unos desconocidos le propinaron en el monte una brutal paliza a consecuencia de la cuál falleció pocos días más tarde.
Ante tal cúmulo de acusaciones de nada sirvió la declaración del único sacerdote interrogado en el consejo de guerra de Genaro Arias Herrero.  José Gutiérrez Fernández (47 años, Villaseca), cura párroco del mismo pueblo que el acusado, se atrevió a declarar que “era una persona de orden y que no sabe ni ha oído nunca que haya cometido ningún delito ni falta que esté penada por la ley”.  Sin embargo, el tribunal prefirió escuchar a Melquiades Ocaña Carballo (45 años, Sahagún), brigada de la guardia civil que, sin acusar de nada en concreto a Genaro, manifestó que “considero al inculpado como persona incompatible con la nueva España que se está forjando”.  Un eufemismo para pedir el asesinato de un hombre.

EL SALVAJE ASESINATO
El diecisiete de octubre de 1937 en la prisión de León Genaro Arias Herrero compareció ante el juez instructor, el comandante Adolfo Fernández Nava, que le leyó el auto de procesamiento y le interrogó de acuerdo al mismo.  Genaro reconoció formar parte de los distintos comités obreros que se formaron en Laciana y Somiedo pero, con respecto al asesinato de los prisioneros del Puerto, aseguró “que se encontraba en Belmonte y por tanto no pudo intervenir en lo que se le acusa”.
Cinco días después, el 22 de octubre de 1937, se celebró en la sala de justicia del cuartel del Cid de León el consejo de guerra contra Genaro Arias Herrero.  El fiscal, Faustino Díez, oficial del cuerpo jurídico, solicitó al tribunal que “en méritos a la perversidad del encausado se le aplique la pena de muerte en garrote vil”.  La defensa, representada por el alférez de infantería Bonifacio Pérez Velasco, manifestó que “seguramente el procesado es un anormal cuya inteligencia pobrísima envenenaron con sus doctrinas y predicaciones otras personas, solicitando del Consejo que tenga en cuenta este hecho seguramente indudable de la total anormalidad mental del procesado para dictar un fallo justo”.  Estas declaraciones del abogado defensor, militar sublevado como el resto de los componentes del tribunal, constituyen una terrible prueba de la perversidad de la justicia militar franquista y de la indefensión de los acusados que, si nada podían hacer para evitar su asesinato, al menos tenían derecho a ser tratados como seres humanos.
Genaro Arias Herrero, en el juicio, insistió en que “no fue comandante de Somiedo y que en la época de los asesinatos no estaba él en el pueblo”.  El tribunal, presidido por el teniente coronel Ángel González Vázquez y actuando como vocales el capitán de infantería retirado Enrique Fuciños Codesino, los capitanes de infantería José del Arco García y Juan Carnicero Méndez, el capitán de artillería Severino Paris y el capitán de la guardia civil Miguel Moset y Sánchez Carpio, se retira brevemente a deliberar.  Pero la sentencia ya estaba decidida de antemano: pena de muerte.  Además el tribunal, recogiendo la sugerencia del fiscal, ordena que se recabe la correspondiente autorización del Jefe del Estado para ejecutar a Genaro mediante garrote.  Dos días después, el general Franco da el visto bueno y es solicitado un verdugo a la Audiencia Territorial de Valladolid “por no haber ejecutor de justicia en esta provincia”, el cuál viajará a León en tren esa misma noche.
A las dieciocho horas del día 25 de octubre de 1937 Genaro Arias Herrero será asesinado mediante garrote en el patio de la prisión provincial de León.  En el registro civil su defunción será inscrita como provocada por “inhibición cardiaca”, sin ninguna referencia al método empleado para asesinarlo.
Genaro Arias Herrero dejó un hijo de corta edad, Trinidad Arias Tejerina, que jamás pudo superar la infamia con la que siempre se trató la memoria de su padre.  Su viuda, Nieves Tejerina Alaez, nonagenaria de mente lúcida, recuerda tristemente como durante décadas los falangistas le hicieron la vida imposible.
Pero, mientras en pleno siglo XXI los herederos del franquismo trabajan denodadamente para elevar a sus muertos a los altares, con categoría de mártires y todo, los perdedores de siempre asisten impotentes a un nuevo asesinato de los suyos.  Genaro Arias Herrero, dirigente socialista de los mineros de Laciana, fue un hombre que, en vez de resignarse a la derrota, trató de oponerse al avance de los militares sublevados y combatió durante meses en el Ejército Popular republicano.  Como tantos otros, fue asesinado en cuanto cayó prisionero por un grupo de oficiales arrogantes que, además, demostraron su brutalidad al emplear con él el salvaje método del garrote vil.
Lejos de reconocer su lucha contra un régimen fascista, aliado de la Alemania de Hitler y de la Italia de Mussolini, en vez de levantarle en su pueblo un monumento como hacen en Francia con los resistentes contra los nazis, a Genaro Arias Herrero en la España del siglo XXI se le sigue asesinando impunemente.

 


Responses

  1. No estoy de acuerdo, si Genaro llevó prisioneros a Gijón, ¿porque dejó a las enfermeras y los otros, (que eran más de dos) en Somiedo?, con que fin.Está claro: para que sus “hombres” las violasen, torturasen, y asesinasen, como así fue.Por lo tanto lo veo tan responsable como los cerdos que lo hicieron. Esto no quiere decir que los del otro bando no hiciesen cosas similares, pero estoy comentando este triste suceso.Un saludo.

  2. Uno mas de los criminales del PSOE. Que se pudra este cerdo


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